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“Pies sanos, vida activa: la clave silenciosa del envejecimiento saludable”

Los pies son los grandes olvidados en la salud de las personas mayores. Y, sin embargo, sostienen literalmente su autonomía, su equilibrio y su calidad de vida.

Cuando un paciente mayor comienza a moverse menos, a tener miedo a caminar o a sufrir caídas repetidas, muchas veces el problema empieza abajo, en los pies.

¿Por qué son tan importantes los pies en la tercera edad?

Con el paso de los años ocurren cambios naturales:

  • La piel se vuelve más fina y seca.
  • Disminuye la grasa plantar que amortigua la pisada.
  • Las uñas se engrosan y se vuelven más duras.
  • Aparecen deformidades como juanetes o dedos en garra.
  • Puede disminuir la sensibilidad, especialmente en personas con diabetes.

Todo esto aumenta el riesgo de heridas, infecciones, dolor al caminar y caídas. Y una caída en una persona mayor no es un asunto menor: puede marcar un antes y un después en su independencia.

Además, enfermedades frecuentes como la diabetes, problemas vasculares o la artrosis afectan directamente a la salud de los pies. Un pequeño roce en una persona joven puede no tener importancia; en una persona mayor puede convertirse en una úlcera complicada.

Cuidados básicos que no deben faltar

El cuidado diario de los pies debería formar parte de la rutina, igual que el aseo o la medicación. Estos son los puntos clave que siempre recomiendo:

1. Higiene diaria adecuada

Lavar los pies con agua tibia (nunca muy caliente) y jabón neutro. Secar con cuidado, especialmente entre los dedos. La humedad mantenida favorece hongos e infecciones.

2. Hidratación

Aplicar crema hidratante específica para pies, evitando la zona entre los dedos. La piel seca se agrieta con facilidad y esas pequeñas fisuras pueden ser la puerta de entrada a infecciones.

3. Corte correcto de uñas

Las uñas deben cortarse rectas, sin redondear demasiado las esquinas. Un mal corte puede provocar uñas encarnadas dolorosas y difíciles de tratar en personas mayores.

4. Revisión frecuente

Observar los pies al menos una vez por semana: cambios de color, heridas, ampollas, durezas excesivas, inflamación o dolor. Si la persona no puede agacharse, un familiar debe ayudarle.

5. Calzado adecuado

Este punto es crucial. El zapato debe:

  • Sujetar bien el pie.
  • Tener suela antideslizante.
  • No comprimir los dedos.
  • Ser cómodo desde el primer momento (nunca “ya se dará”).

Un mal calzado es responsable de muchas lesiones, rozaduras y caídas.

Señales de alarma que no debemos ignorar

Hay situaciones que requieren valoración profesional:

  • Heridas que no cicatrizan.
  • Cambios de coloración (palidez, enrojecimiento intenso, color violáceo).
  • Dolor persistente al caminar.
  • Uñas muy engrosadas o deformadas.
  • Pérdida de sensibilidad.
  • Presencia de callos dolorosos o grietas profundas.

En personas con diabetes, cualquier lesión, por pequeña que parezca, debe ser valorada cuanto antes.

El papel fundamental del podólogo

El control realizado por un podólogo no es un lujo, es prevención.

Contar con la ayuda de un podólogo de forma periódica (cada 1-2 meses según el caso) permite:

  • Cortar y fresar uñas engrosadas sin riesgo.
  • Tratar callosidades de forma segura.
  • Detectar lesiones en fases muy iniciales.
  • Valorar la pisada y recomendar plantillas si son necesarias.
  • Prevenir complicaciones graves, especialmente en diabéticos.

Muchas personas mayores intentan solucionar los problemas en casa, a veces con cuchillas o utensilios inadecuados. Esto puede acabar en heridas serias. Como profesional, he visto ingresos hospitalarios que comenzaron con “solo un callito”.

La prevención siempre es más sencilla que el tratamiento de una complicación.

Más allá del cuidado físico: autonomía y dignidad

Cuidar los pies no es solo evitar heridas. Es permitir que la persona mayor siga caminando, salga a pasear, mantenga su independencia y su autoestima.

Un pie dolorido limita la movilidad. Y cuando una persona mayor se mueve menos:

  • Pierde masa muscular.
  • Pierde equilibrio.
  • Aumenta el riesgo de caídas.
  • Se aísla más.

Todo está conectado.

Conclusión

Los pies en la tercera edad merecen atención diaria, revisión periódica y seguimiento profesional. No debemos normalizar el dolor ni pensar que “es cosa de la edad”. Muchas molestias tienen solución y, sobre todo, prevención.

Si queremos envejecer con calidad de vida, empecemos por mirar hacia abajo. Porque unos pies cuidados son sinónimo de movilidad, seguridad y autonomía.

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